Introducción: el descalce evolutivo

La medicina evolutiva tiene un concepto útil: el descalce (evolutionary mismatch). Muchas enfermedades actuales aparecen porque conservamos un metabolismo adaptado a la escasez y al esfuerzo físico del Pleistoceno, pero vivimos rodeados de azúcar, sedentarismo y climatización. El cuerpo no está roto; está fuera de su entorno.

Este artículo pregunta si pasa lo mismo con la mente que hace ciencia. Hacemos física cuántica, genómica e inteligencia artificial con un cerebro que evolucionó para leer riesgos inmediatos, rastrear presas y competir por posición en grupos de algunas decenas de personas. Nuestras intuiciones fallan con las probabilidades, con las escalas muy grandes o muy pequeñas y con la causalidad múltiple.

El descalce plantea una paradoja. Si el cerebro no está hecho para la ciencia moderna, ¿cómo la produjo? Y si la produjo, ¿qué pasa cuando lo que produce empieza a superar su capacidad de comprenderlo y regularlo?

¿Existe el cerebro del Pleistoceno?

Antes de seguir conviene poner en duda la premisa. La imagen de “un cerebro de la Edad de Piedra en un cráneo moderno” viene de una escuela concreta, y hoy está en disputa.

La tesis clásica. John Tooby y Leda Cosmides, en The Adapted Mind (1992), propusieron que la mente es un conjunto de módulos especializados que la selección natural formó para resolver los problemas del entorno ancestral de cazadores y recolectores. Como la evolución es lenta y la civilización es reciente, esos módulos seguirían ajustados a un mundo que ya no existe.

La crítica cultural. Cecilia Heyes, en Cognitive Gadgets (2018), dio vuelta el argumento. Según ella, muchos de los mecanismos cognitivos más distintivamente humanos, como la imitación o la lectura de la mente ajena, no son instintos genéticos sino “artilugios” que se aprenden socialmente y evolucionan por vía cultural, mucho más rápido que los genes. Joseph Henrich, en The Secret of Our Success (2016), sostuvo algo complementario: lo que nos hace eficaces no es la inteligencia individual sino la acumulación cultural, un “cerebro colectivo” que ningún individuo podría reconstruir solo.

El reciclaje neuronal. Stanislas Dehaene, en Reading in the Brain (2009), mostró que la lectura, un invento de hace apenas unos miles de años, ocupa una región de la corteza visual que originalmente reconocía objetos y rostros. El cerebro no tiene un módulo para leer: recicla circuitos antiguos para una función nueva.

Si Heyes, Henrich y Dehaene tienen razón, el descalce no sería entre un cerebro antiguo y un mundo nuevo, sino algo más sutil: un hardware antiguo, muy plástico, que corre un software cultural que se actualiza todo el tiempo. Me parece que esto cambia la pregunta del artículo. El riesgo ya no estaría en que el cerebro no da abasto, sino en que la cultura produce artilugios nuevos (instrumentos, plataformas, inteligencias artificiales) a una velocidad que ni siquiera la evolución cultural alcanza a probar y depurar.

El ser carente: Gehlen y la compensación institucional

Arnold Gehlen, en Der Mensch (1940), retomó una idea de Herder y la convirtió en el centro de una antropología filosófica: el ser humano es un Mängelwesen, un ser carente. No tiene garras, pelaje ni instintos especializados para un entorno fijo. Esa carencia es también una apertura: puede habitar casi cualquier medio, pero tiene que construir lo que la naturaleza no le dio.

Dos ideas de Gehlen son útiles para este debate.

  • La descarga (Entlastung). Las instituciones liberan al individuo de tener que decidir todo desde cero. Fijan hábitos, roles y procedimientos, y así dejan energía disponible para otras tareas. La ciencia moderna puede leerse como una institución de descarga de enorme escala: métodos, protocolos y revisión por pares que nadie tiene que reinventar.
  • La técnica como sustitución, refuerzo y descarga de los órganos. En Die Seele im technischen Zeitalter (1957), Gehlen describió la técnica como lo que reemplaza, amplifica o alivia las capacidades del cuerpo. El microscopio refuerza el ojo; la computadora descarga la memoria y el cálculo.

Desde esta perspectiva, el descalce no es una anomalía reciente sino la condición humana misma. Siempre vivimos fuera de un entorno “natural” propio, y siempre lo compensamos con instituciones y técnicas. La pregunta es si la escala actual de la compensación cambia su naturaleza.

Contra la intuición: Bachelard y el obstáculo epistemológico

Gaston Bachelard llegó a una conclusión compatible con el descalce sin hablar de evolución. En La formation de l’esprit scientifique (1938) sostuvo que la ciencia no avanza a partir de la experiencia inmediata sino contra ella. La primera experiencia, lo que parece evidente a simple vista, es el primer obstáculo epistemológico. El conocimiento científico se construye rompiendo con las intuiciones.

Zwart retoma esta idea al describir la dinámica de la tecnociencia: un movimiento que empieza con la sospecha hacia las visiones establecidas e intuitivas y termina en nuevas configuraciones del saber que, a su vez, serán cuestionadas.

La psicología cognitiva dio a esta idea un respaldo empírico. Los trabajos de Amos Tversky y Daniel Kahneman sobre heurísticas y sesgos, desde su artículo de 1974 en Science, mostraron que el juicio humano se desvía de manera sistemática en tareas probabilísticas.

Así, dos tradiciones muy distintas coinciden en un diagnóstico: la mente humana no viene equipada para la ciencia, y la ciencia es en buena parte una disciplina para corregirla. Difieren en cómo leen ese hecho. Para la epistemología evolucionista es un límite biológico que se compensa. Para Bachelard es el motor mismo del conocimiento: sin obstáculo no hay ruptura, y sin ruptura no hay ciencia.

Prótesis cognitivas

La paradoja del descalce tiene una solución posible: el cerebro no hace la ciencia solo. La hacen el cerebro y sus prótesis.

Andy Clark y David Chalmers formularon en “The Extended Mind” (1998) la tesis de que los procesos cognitivos pueden extenderse fuera del cráneo. Su ejemplo es Otto, que tiene problemas de memoria y usa una libreta para recordar direcciones: la libreta cumple para él la función que la memoria cumple para otros. Si la tesis es correcta, la escritura, la notación matemática, los instrumentos y las bases de datos no son ayudas externas al pensamiento científico, sino partes de él.

Zwart describe algo parecido desde otra tradición. Los aparatos, dice, permiten a los humanos explorar “lo real” fuera del alcance de su realidad experiencial: oscilaciones, partículas, genomas que existen independientemente de la conciencia humana y que ningún sentido percibe.

Bernard Stiegler llevó esta idea al terreno de la filosofía continental. En La técnica y el tiempo (1994), retomando al paleoantropólogo André Leroi-Gourhan, sostuvo que el ser humano se constituye por la técnica desde su origen: no hay un humano previo que luego adopta herramientas. Llamó epifilogénesis a la memoria que se acumula en los objetos técnicos, una tercera memoria distinta de la genética y de la individual. Para Stiegler el humano nace con un “defecto de origen”, una idea sorprendentemente cercana a la carencia de Gehlen, aunque llega a ella por el mito de Epimeteo y no por la biología. Más tarde describió la técnica como pharmakon, remedio y veneno a la vez: la misma prótesis que amplía la memoria puede vaciar la atención.

Con esta idea, el descalce cambia de sentido. La ciencia no es lo que hace un cerebro del Pleistoceno a pesar de sus límites; es un sistema que incluye ese cerebro y lo complementa con:

  1. Notaciones que permiten pensar lo que la intuición no capta: álgebra, cálculo, estadística.
  2. Instrumentos que llevan los sentidos a escalas inaccesibles: telescopios, microscopios, secuenciadores, aceleradores.
  3. Instituciones que corrigen los sesgos individuales mediante el control mutuo: revisión por pares, replicación, preregistro.
  4. Memoria externa que acumula lo aprendido más allá de una vida: bibliotecas, bases de datos, repositorios.

¿Superación o hipertrofia?

Si la ciencia es un sistema de prótesis, el riesgo no está en el cerebro aislado sino en el desajuste entre dos tipos de prótesis: las que aumentan la capacidad de intervenir y las que permiten comprender y regular esa intervención.

Hans Jonas lo planteó en Das Prinzip Verantwortung (1979). El poder de la técnica moderna excede nuestra capacidad de prever sus consecuencias, y la ética tradicional, pensada para acciones de alcance cercano, no basta para un poder de alcance planetario y de largo plazo.

David Collingridge, en The Social Control of Technology (1980), describió un dilema que lleva su nombre. Al principio de una tecnología, cambiarla es fácil pero no sabemos qué efectos tendrá. Cuando sus efectos se vuelven visibles, ya está tan arraigada que cambiarla es difícil y caro.

Dos lecturas del presente quedan enfrentadas:

  • Superación. La historia de la ciencia muestra que las prótesis reguladoras terminan alcanzando a las de intervención. Aparecieron la bioética, los tratados de no proliferación y los marcos de evaluación de riesgos. El descalce es transitorio.
  • Hipertrofia. La velocidad actual (edición genética, gene drives que se propagan solos, inteligencia artificial) es cualitativamente distinta. Algunas intervenciones son irreversibles antes de que exista la institución capaz de regularlas.

El debate no es si la mente humana está desajustada respecto de su entorno, porque siempre lo estuvo. Es si el ritmo de las prótesis de intervención superó de forma estable el de las de regulación.

Conclusión abierta

La imagen de un cerebro del Pleistoceno haciendo ciencia del siglo XXI es potente, pero incompleta. Gehlen, Bachelard y la tesis de la mente extendida sugieren que nunca hubo un cerebro haciendo ciencia solo: siempre fue un cerebro con prótesis, compensando una carencia. El problema actual no sería el descalce en sí, sino la diferencia de velocidad entre las prótesis que nos dan poder y las que nos permiten gobernarlo.

Y quizá haya que ir un paso más allá. Si la mente humana es en buena parte un conjunto de artilugios culturales, como sugieren Heyes y Henrich, y si la técnica nos constituye desde el origen, como dice Stiegler, entonces la frontera entre el cerebro y sus prótesis es más porosa de lo que el título de este artículo deja suponer. El “cerebro del Pleistoceno” sería una abstracción útil, pero nunca existió solo: siempre fue un cerebro dentro de una cultura y rodeado de herramientas.

Preguntas que este borrador deja pendientes:

  • ¿Hay ejemplos históricos claros en que la regulación alcanzó a una tecnología ya extendida?
  • ¿La inteligencia artificial es una prótesis más o cambia la relación entre el cerebro y sus prótesis?
  • ¿Es compatible la lectura de Bachelard (el obstáculo como motor) con la evolucionista (el obstáculo como límite)?

Bibliografía de trabajo

  • Bachelard, G. (1938). La formation de l’esprit scientifique. Vrin.
  • Barkow, J., Cosmides, L. y Tooby, J. (eds.) (1992). The Adapted Mind: Evolutionary Psychology and the Generation of Culture. Oxford University Press.
  • Clark, A. y Chalmers, D. (1998). “The Extended Mind”. Analysis, 58(1).
  • Collingridge, D. (1980). The Social Control of Technology. Frances Pinter.
  • Dehaene, S. (2009). Reading in the Brain. Viking.
  • Gehlen, A. (1940). Der Mensch. Seine Natur und seine Stellung in der Welt.
  • Gehlen, A. (1957). Die Seele im technischen Zeitalter. Rowohlt.
  • Henrich, J. (2016). The Secret of Our Success. Princeton University Press.
  • Heyes, C. (2018). Cognitive Gadgets: The Cultural Evolution of Thinking. Harvard University Press.
  • Jonas, H. (1979). Das Prinzip Verantwortung. Insel.
  • Leroi-Gourhan, A. (1964-1965). Le geste et la parole. Albin Michel.
  • Stiegler, B. (1994). La technique et le temps 1. La faute d’Épiméthée. Galilée.
  • Tversky, A. y Kahneman, D. (1974). “Judgment under Uncertainty: Heuristics and Biases”. Science, 185.
  • Zwart, H. (2022). Continental Philosophy of Technoscience. Springer (acceso abierto). doi:10.1007/978-3-030-84570-4