Nota antes de empezar: lo que sigue es opinión y especulación política, no un pronóstico verificable ni una afirmación de ciencia exacta. Está construido sobre datos públicos de encuestas, mercados e historia económica, pero la interpretación es mía y puede estar equivocada.

Hay una imagen que se repite en la cobertura de estos días: Javier Milei sostiene una intención de voto de 38,5% y retiene al 71% de quienes lo eligieron en el balotaje de 2023, mientras su imagen negativa trepa al 58,2%, el peor nivel de toda su gestión, sobre una base de 7.015 casos relevada por Explanans. La primera tentación al leer estos números es explicarlos por descarte: esa base se sostiene porque la oposición está fragmentada y no ofrece dónde canalizar el descontento. Es una explicación cómoda, y también incompleta.

La identidad no es solo descarte

Reducir ese 38,5% a un simple efecto de “no hay alternativa” borra algo real: una batalla cultural activa, con una identidad política construida en oposición explícita al modelo previo —asistencialismo, regulación estatal, inflación de tres dígitos—. Una parte sustancial de esa base no vota porque no le quede otra: vota porque encontró, en el discurso libertario, una narrativa de pertenencia. Esto pasó también en la Gran Bretaña de los ochenta: el thatcherismo no fue solo la suma aritmética de un voto opositor partido entre Labour y la Alianza SDP-Liberal, sino la construcción deliberada de una identidad de clase trabajadora propietaria —el right to buy, la venta de viviendas sociales, el accionariado popular en las privatizadas— que reconfiguró lealtades de manera duradera.

Pero conviene mirar esa identidad con más cuidado antes de tratarla como un piso fijo, porque los propios datos muestran que no lo es. El sector donde esa identidad prendió con más fuerza —los menores de 30 años— es, según el propio informe de Explanans de junio de 2026, el que mejor mide si el desencanto general está alcanzando incluso al núcleo más comprometido: “el apoyo joven empieza a parecerse al resto […] esa reserva identitaria que combinaba adhesión política, rebeldía cultural y expectativa de cambio […] también se deteriora. El núcleo juvenil libertario no desaparece, pero empieza a mezclarse con el clima general de fatiga y desencanto”. Entre los adultos de 30 a 50 años, además, Kicillof ya le saca a Milei una ventaja de 47,8% contra 39,7% en esa misma medición. La identidad libertaria es real y no se explica por descarte opositor, pero tampoco es un bloque geológico: es la capa más reciente de lealtad política, y las capas más recientes son, casi siempre, las primeras en agrietarse cuando el desgaste se generaliza.

Menem no ganó solo por el alivio de la desinflación

Acá la simplificación original era más seria. El apoyo a la convertibilidad en 1995 no se explica únicamente por el alivio emocional de salir de la hiperinflación. Entre 1991 y 1994 hubo una expansión económica vertiginosa financiada por privatizaciones, ingreso masivo de capitales y una explosión del crédito y el consumo: fue, durante casi cuatro años, un boom real, no solo una sensación de estabilidad. El derrumbe del efecto Tequila —con la desocupación saltando del 12,1% en octubre del 94 al 18,4% en mayo del 95— golpeó apenas semanas antes de la elección, y aun así Menem ganó con el 47% de los votos, apoyado por una coalición cruzada de sectores bajos y altos que el historiador Julián Zícari describe como inédita hasta entonces.

Esa diferencia con Milei es central: Menem llegó a 1995 con cuatro años de crecimiento acumulado detrás, un colchón de popularidad construido en la parte expansiva del ciclo, y el ajuste post-Tequila fue el capítulo final, no el primero. Milei hace el camino inverso: ajusta desde el día uno, sin reservas internacionales robustas ni acceso a crédito voluntario masivo, y el eventual alivio —si llega— sería el capítulo final, no el que sostuvo el apoyo inicial. Es un sostén más austero, más reactivo, y con menos margen de error: no hay boom de consumo previo que amortigüe el desgaste.

La grieta no es tan recta

La imagen de “dos Argentinas” —una que gana, otra que paga— es útil como primera aproximación, pero esconde el dinamismo de buena parte de la economía informal y cuentapropista. Hay sectores vulnerables que sufren la caída del consumo pero valoran la previsibilidad de precios para planificar sus propios insumos diarios, algo que la inflación de tres dígitos les hacía imposible, y que perciben el empleo formal tradicional —con su carga impositiva y su rigidez— como un esquema que ya no los convocaba antes de Milei. La grieta no corre limpiamente entre “ganadores” y “perdedores”: corre, también, entre quienes necesitan previsibilidad de precios para sobrevivir día a día y quienes necesitan un ingreso creciente para sostener el nivel de vida, y esas dos necesidades no siempre están del mismo lado de la disputa política.

Los datos que faltaban

Con esas correcciones hechas, la evidencia de deterioro estructural, lejos de debilitarse, se vuelve más nítida. El Índice Líder del Centro de Investigación en Finanzas de la Universidad Di Tella, que sintetiza diez series mensuales —bolsa, M1, ventas de autos, IVA, cemento, confianza del consumidor, producción industrial, entre otras— para anticipar giros del ciclo económico, ubicó en julio de 2026 la probabilidad de entrar en recesión en 81%, el nivel más bajo del año pero aun así en zona de alerta roja, con el Índice de Difusión exactamente en 50%: la mitad de esas diez series todavía crece, la otra mitad ya está en terreno contractivo. Es la fotografía estadística de una economía partida al medio, literalmente.

Sobre el tejido productivo, el conteo más reciente disponible marca más de 26.000 empresas cerradas en 28 meses de gestión, a un ritmo de una cada 47 minutos, con el sector pyme concentrando la enorme mayoría de esos cierres. Entidades del sector denunciaron además que los servicios de electricidad, gas y otros combustibles subieron en promedio 750% desde el inicio de la gestión, muy por encima de la inflación general. El resultado es un desplazamiento silencioso dentro del gasto familiar: la góndola se volvió más previsible, pero el “ancla tarifaria” —transporte, luz, gas— pasó a comerse una porción creciente y fija del ingreso mensual. Por eso el 57,4% que dice estar peor que antes no describe desabastecimiento ni remarcaciones diarias, describe la sensación más árida de no poder cerrar los números fijos del mes, aunque los precios de los alimentos se hayan calmado.

Y la geografía del consenso confirma que la división no es solo social sino territorial: mientras la imagen negativa nacional trepa al 58,2%, en Córdoba la valoración positiva se sostiene en 54,2%, y en un escenario de balotaje Milei alcanzaría 55,7% en esa provincia frente a apenas 38% en la provincia de Buenos Aires, una brecha de casi dieciocho puntos. Es la misma lógica territorial del “sur financiero contra norte industrial” de la Gran Bretaña thatcherista, trasladada a la geografía productiva argentina.

El cuello de botella de la duración

Todo lo anterior —la identidad juvenil agrietándose, el ancla tarifaria, la geografía partida— converge en una pregunta más precisa que “gana o pierde”: ¿cuánto puede durar este esquema sin el insumo que sostuvo a sus dos espejos históricos? Tanto la convertibilidad de Menem como la estrategia financiera de altas tasas de Thatcher en los ochenta dependían, en última instancia, de un mismo insumo crítico para sostener la confianza pública: la solidez del frente externo, la capacidad de mostrar reservas y financiamiento genuino detrás de la promesa de estabilidad. Cuando ese respaldo se debilitaba —el Tequila en un caso, la presión sobre la libra en el otro— el desgaste que hasta entonces parecía solo político se volvía, de golpe, financiero.

Hoy, con el riesgo país que tocó un piso de ocho años en 443 puntos en junio y repuntó hacia los 600 apenas tres meses después, empujado más por la incertidumbre sobre la acumulación de reservas del Banco Central y el frente geopolítico internacional que por cualquier variable de aprobación interna, el cuello de botella final puede no llegar por una elección perdida ni por una marcha multitudinaria, sino por la restricción de divisas misma. La historia económica argentina, la propia y no solo la ajena, enseña algo incómodo: la tolerancia política suele durar exactamente lo que dura la estabilidad del tipo de cambio, ni un día más.

Lo que queda en pie

Ni Thatcher ni Menem prueban que Milei vaya a ganar o perder nada. Lo que sostengo, con las correcciones hechas, es que la coexistencia de apoyo político resiliente y deterioro estructural extendido no es una anomalía: es un patrón reconocible, que en ambos espejos terminó resolviéndose no en las urnas sino después, cuando la acumulación de costos —desindustrialización en un caso, desigualdad regional en el otro— encontró su punto de quiebre por fuera del calendario electoral que lo había validado. Con Menem, ese quiebre llegó seis años después de la reelección de 1995, y llegó primero por el tipo de cambio que por el humor social. Cuánto tarda esta vez, y si un ajuste sin colchón previo aguanta el mismo plazo antes de que el frente externo diga la última palabra, es la pregunta que ni el riesgo país ni la imagen presidencial pueden responder todavía.