Carlos Dagorret

Ensayos, análisis y reflexiones sobre tecnología, ciencia, inteligencia artificial y sociedad.

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La entropía social bajo el mismo estándar de prueba

· Entropía, Termodinámica, Georgescu-Roegen, Niklas Luhmann, Joseph Tainter, Epistemología

Artículo 3.5 (auxiliar) de la serie Entropía: física, información, sociedad

Crítica a Georgescu-Roegen, Luhmann y Tainter

Este artículo es auxiliar, no un eslabón numerado más de la cadena física de la serie, porque cambia de terreno: en vez de seguir profundizando en la frontera dura de la gravedad cuántica, vuelve sobre la tercera dimensión que quedó apenas esbozada en el primer artículo —la sociológica— y le aplica exactamente el mismo instrumento de diagnóstico que usé en el artículo 2 contra "it from bit" y en el artículo 3 contra la extrapolación de Verlinde.

El instrumento, para recordarlo en una frase, consiste en separar tres niveles de garantía epistémica que la retórica tiende a fusionar: la homología matemática exacta (una fórmula real aplicada a un objeto real), la identidad física demostrada pero acotada a un protocolo específico, y la extrapolación conceptual que toma prestada la autoridad de las dos anteriores sin pagar el costo argumental que le corresponde.

La pregunta de este artículo es si Georgescu-Roegen, Luhmann y Tainter —los tres autores que cerraban el primer artículo de la serie— están, cada uno, en un nivel distinto de esa escala, o si los tres cometen, con matices, la misma equivocación.


I. El criterio de admisión: ¿hay una fórmula, o solo una palabra prestada?

Antes de entrar en cada autor conviene fijar el criterio que voy a aplicar de manera uniforme, porque es el mismo que hasta ahora usé de manera implícita. Una transposición de la entropía a un dominio no físico está en el nivel más alto de garantía cuando define explícitamente un espacio de estados —un conjunto de configuraciones o mensajes posibles—, una distribución de probabilidad $p_i$ sobre ese espacio, y calcula efectivamente

$$-\sum_i p_i \ln p_i$$

o alguna cantidad físicamente medible en unidades de energía sobre temperatura.

Está en un nivel intermedio cuando no calcula esa fórmula pero sí describe un proceso físico real y verificable —flujos de energía y materia, disipación calorimétrica— que obedece de manera literal, no analógica, al Segundo Principio.

Y está en el nivel más bajo, el que en el artículo 2 llamé falacia de equivocación, cuando usa la palabra "entropía" —o su opuesto, "neguentropía"— como una etiqueta evocadora para nombrar decadencia, ruido, pérdida de sentido o rendimientos decrecientes, sin definir ningún espacio de estados, sin calcular ninguna cantidad, y sin que exista un experimento análogo al de Bérut con la partícula coloidal que ancle la palabra a algo medible.

Con este criterio explícito, el recorrido por los tres autores deja de ser una cuestión de simpatía o antipatía intelectual y se vuelve una clasificación técnica.


II. Georgescu-Roegen: nivel intermedio genuino, con una extrapolación que los propios físicos rechazaron

Nicholas Georgescu-Roegen es, de los tres, el que más cerca está del nivel intermedio de garantía, y vale la pena decirlo con la misma precisión que exijo para las objeciones. Su tesis central —que el proceso económico transforma de manera irreversible recursos de baja entropía en residuos de alta entropía— no es una metáfora en el sentido flojo del término: describe un flujo real de energía y materia, gobernado por las mismas leyes de la termodinámica clásica que rigen cualquier motor térmico, y esa descripción puede y ha sido cuantificada en unidades físicas genuinas.

El programa de contabilidad energética que Robert Ayres y Benjamin Warr desarrollaron después, usando el concepto de exergía —la parte de la energía de un flujo que es efectivamente capaz de realizar trabajo útil, medible en julios como cualquier otra energía—, es la versión rigurosa de la intuición de Georgescu-Roegen: no habla de "la entropía de la economía" como una magnitud calculada sobre microestados económicos, sino que rastrea, con las unidades correctas, cuánta exergía entra al sistema productivo y cuánta se destruye irreversiblemente en cada transformación. Hasta acá, nivel intermedio legítimo.

El problema aparece cuando Georgescu-Roegen extiende el argumento más allá de lo que la propia termodinámica permite, en lo que él mismo llamó, sin ironía, una "Cuarta Ley de la Termodinámica": la tesis de que no solo la energía sino también la materia se dispersa de manera irrecuperable, de forma análoga a como la energía útil se degrada en calor.

La crítica de la comunidad de físicos y economistas ecológicos a esta extensión es prácticamente unánime, y por una razón técnica precisa que conviene explicitar: a diferencia de la energía, cuya degradación es una consecuencia estructural del Segundo Principio, la materia dispersa puede en principio reconcentrarse por completo si se invierte suficiente energía en el proceso —no hay ninguna ley física que lo prohíba—, de modo que el costo creciente de reciclar materiales ya está contenido en el Segundo Principio ordinario aplicado a la energía necesaria para hacerlo, sin necesidad de postular una ley adicional sobre la materia misma. Robert Ayres, uno de los continuadores más comprensivos del propio programa de Georgescu-Roegen, señaló exactamente este punto: la Cuarta Ley sobregeneraliza.

Hay además una segunda limitación, más sutil, que la literatura de defensa del propio Georgescu-Roegen reconoce: los términos de entropía física, definidos rigurosamente a nivel microscópico para sistemas aislados, están —en palabras de esa misma literatura de defensa— "bastante lejos" de la realidad económica y ecológica, precisamente porque un sistema económico no es un sistema aislado en el sentido termodinámico estricto que exige la fórmula de Clausius: es un sistema abierto, atravesado constantemente por el flujo de baja entropía que llega del Sol.

Tratarlo como si fuera una caja cerrada que se degrada inexorablemente —la imagen retórica de la "nave espacial" que Georgescu-Roegen y sus lectores más catastrofistas explotaron— exagera la aplicabilidad literal del aparato que él mismo, con razón, había importado con seriedad técnica en su núcleo original.


III. Luhmann: nivel más bajo, la palabra sin la fórmula

Niklas Luhmann es el caso más claro de lo que el artículo 2 llamó equivocación, y conviene decirlo con la misma cortesía técnica que ya usé ahí: no porque su teoría de sistemas sociales carezca de valor —tiene un programa conceptual serio, la autopoiesis comunicacional, los códigos binarios funcionalmente diferenciados—, sino porque específicamente el vocabulario de entropía y neguentropía que usa para describir la pérdida de sentido comunicativo no está acompañado, en ningún momento de su obra, de un espacio de estados definido ni de una distribución de probabilidad calculable.

Cuando Luhmann dice que el arte como sistema social enfrenta una "entropía" derivada de la fugacidad de sus comunicaciones, y que la "neguentropía" es la complejidad autorreproductiva que ese sistema logra sostener contra esa decadencia, está usando las dos palabras en el registro exactamente evocador que el criterio de la sección I ubica en el nivel más bajo: no hay $\Omega$, no hay $p_i$, no hay ninguna cantidad medible en ningún experimento sociológico análogo al de Bérut.

La objeción más precisa a este uso no viene, de hecho, de la física sino de la propia biología de la que Luhmann tomó prestado el concepto madre, la autopoiesis: Humberto Maturana, coautor original del concepto junto con Francisco Varela, objetó formalmente la extensión de Luhmann señalando que la autopoiesis está definida, en su formulación biológica original, por la producción física de los propios componentes del sistema en el espacio tridimensional —una célula produce literalmente sus proteínas y sus membranas—, mientras que la comunicación no produce nada físico: es una secuencia de eventos, no una red materialmente cerrada.

Si la objeción de Maturana es correcta para la autopoiesis —que al menos conserva una estructura organizacional formal, aunque no un sustrato material—, se aplica con más fuerza todavía a la entropía, porque la entropía exige no solo estructura sino un conteo efectivo de configuraciones, algo que ningún autor de la tradición luhmanniana ha intentado definir con precisión para un "sistema social".

Jürgen Habermas, en su crítica más amplia al proyecto de Luhmann, nombró el mecanismo general de este problema con una etiqueta que sirve para toda esta sección: metáfora meta-biológica, el uso de vocabulario tomado de las ciencias naturales para dar a un argumento sociológico una apariencia de rigor que su aparato conceptual efectivo no sostiene.

Vale la pena notar, para ser justos con la tradición, que no todo uso de la entropía de Shannon en sociología cae en este nivel: el programa de Loet Leydesdorff, que aplica la fórmula exacta de Shannon a la redundancia de códigos de comunicación entre subsistemas —contando efectivamente cuántas opciones alternativas deja abiertas un mensaje dado, una distribución de probabilidad genuina sobre un espacio de mensajes genuino—, sí satisface el criterio de la sección I en su nivel más alto.

La diferencia entre Leydesdorff y el Luhmann que él mismo intenta operacionalizar es, en sí misma, la prueba de que la distinción que propongo no es pedantería: un mismo vocabulario puede usarse con o sin el aparato matemático que le da su fuerza, y solo uno de los dos usos hereda la autoridad epistémica de la física.


IV. Tainter: una intuición económica legítima con un envoltorio entrópico que llegó después, y por otra vía

Joseph Tainter ofrece un tercer perfil, distinto de los dos anteriores. El núcleo efectivo de su argumento en The Collapse of Complex Societies no necesita, en rigor, ni una sola palabra de termodinámica: es un argumento de rendimientos marginales decrecientes, un concepto microeconómico estándar, aplicado a la complejidad institucional entendida como estrategia de resolución de problemas.

Las sociedades resuelven primero los problemas más baratos, dice Tainter, y cada incremento adicional de complejidad burocrática o tecnológica cuesta más energía por unidad de beneficio obtenido, hasta que el costo marginal supera al beneficio marginal y la sociedad, incapaz de seguir financiando su propia complejidad, colapsa hacia un nivel más simple.

Ese argumento es evaluable con los datos históricos que Tainter efectivamente aporta —Roma, los mayas, los chacoenses— y ha recibido, por eso mismo, la crítica que corresponde a un argumento empírico ordinario, no a una extrapolación conceptual: reseñas especializadas han señalado que Tainter generaliza el principio de rendimientos decrecientes a una teoría universal de manera casi dogmática, sin suficiente atención a las particularidades causales de cada colapso, y que la analogía —repetida por sus lectores más que por el propio Tainter con total consistencia— de explicar un colapso social "como" la muerte de un organismo por aumento de entropía es, en el mejor de los casos, una ilustración pedagógica y no una derivación.

Dicho de otro modo: en su formulación original, la palabra "entropía" en Tainter funciona más como metáfora ambientadora que como concepto operativo, exactamente en el nivel más bajo de la escala de la sección I, pero a diferencia de Luhmann el argumento sustantivo de Tainter no depende de esa palabra para sostenerse; podría reescribirse íntegramente en el vocabulario de la microeconomía de rendimientos decrecientes sin perder nada.

Lo interesante, y por eso vale la pena cerrar con este caso, es que la intuición de Tainter sí fue formalizada después, por otra vía, en un trabajo de 2018 de Ugo Bardi, Sara Falsini e Ilaria Perissi que construye explícitamente un modelo biofísico de colapso social ligado a la contabilidad energética real —flujos de energía, tasas de retorno energético— en el mismo espíritu cuantitativo que el programa de Ayres y Warr para Georgescu-Roegen.

Ese es, precisamente, el movimiento correcto: tomar una intuición que en su formulación original vivía en el nivel más bajo de garantía y reconstruirla, con datos y unidades físicas verificables, en el nivel intermedio. Mientras ese trabajo no se hace, la palabra "entropía" en el título de una teoría del colapso social sigue siendo, con toda honestidad, publicidad prestada de la física antes que resultado de la física.


V. El diagnóstico común: la misma falacia, con matices de grado

Puestos los tres casos uno al lado del otro, el patrón es el mismo que documenté en el artículo 2, con una diferencia importante que conviene señalar para no ser injusto: en el caso de "it from bit", incluso la lectura más audaz de Wheeler partía de un núcleo —el principio de Landauer— que sí está anclado en un experimento físico real. En el caso de la entropía social, ese anclaje casi nunca existe.

Georgescu-Roegen es la excepción parcial, porque su núcleo original sí rastrea flujos físicos de energía verificables en julios, y solo se equivoca cuando extiende ese núcleo, con la Cuarta Ley, más allá de lo que el propio aparato termodinámico permite. Luhmann no tiene ese núcleo: usa la palabra sin el conteo, en el registro que Habermas nombró con precisión como metáfora meta-biológica. Tainter tampoco lo necesita para su argumento sustantivo, pero lo usa igual como decoración retórica, y solo adquiere anclaje físico genuino en la reformulación posterior de Bardi y sus coautores, ajena al texto original.

El error de fondo, en los tres casos, es idéntico al que nombré en el artículo 2: tomar prestada la autoridad de una ley física exacta —el Segundo Principio, verificado en todos los experimentos que la física ha podido diseñar en siglo y medio— para revestir de necesidad natural un argumento que, examinado de cerca, es económico, institucional o comunicacional, y que debería sostenerse o caer con la evidencia propia de esas disciplinas, no con la evidencia prestada de la termodinámica.

Que la intuición subyacente pueda a veces reconstruirse con rigor —como muestran Ayres-Warr para Georgescu-Roegen, Leydesdorff para una franja acotada de Luhmann, y Bardi-Falsini-Perissi para Tainter— es, en todo caso, la prueba de que el ejercicio vale la pena, no una excusa para saltearlo.


Notas y fuentes consultadas: Georgescu-Roegen, "The Entropy Law and the Economic Process" (1971) y la crítica a la "Cuarta Ley" (Ayres); contabilidad de exergía en Ayres y Warr; literatura de defensa y crítica de Georgescu-Roegen sobre la aplicabilidad de la entropía microscópica a sistemas económicos abiertos; Luhmann sobre entropía y neguentropía en el sistema del arte; objeción de Maturana a la extensión luhmanniana de la autopoiesis; Habermas, crítica de la "metáfora meta-biológica"; Leydesdorff, aplicación de la fórmula de Shannon a la redundancia de códigos comunicativos; Tainter, The Collapse of Complex Societies (1988) y reseñas críticas sobre la generalización dogmática de los rendimientos decrecientes; Bardi, Falsini y Perissi (2018), modelo biofísico del colapso social como reformulación cuantitativa del argumento de Tainter.