La humildad epistémica y el arte del contrabando conceptual

El parque estaba vacío. No por casualidad: a esa misma hora, del otro lado de la ciudad, un país entero estaba pegado a una pantalla viendo a Argentina jugarse la final contra Inglaterra. Yo me había quedado afuera de esa multitud, y en ese vacío, sin nada urgente que atender, apareció esto. Quizás no sea casual que un texto sobre la diferencia entre saber y creer saber haya salido en un momento en que nadie a mi alrededor estaba pensando en otra cosa que en si Argentina iba a ganar.

​Hay expresiones que parecen inmunes a la crítica. “Democracia”, “diálogo”, “diversidad”, “inclusión”, “rigor”, “humildad”. Quien se atreve a cuestionarlas corre el riesgo de ser acusado de rechazar aquello que, precisamente, las hace valiosas. Pero las palabras no solo describen: también transportan presupuestos, y a veces lo hacen en silencio. Es en ese silencio donde suele empezar el contrabando conceptual.

​La expresión “humildad epistémica” es un buen ejemplo, y vale la pena detenerse en ella porque, en apariencia, nadie podría oponérsele. ¿Quién defendería la arrogancia intelectual? ¿Quién sostendría que nunca puede equivocarse? El problema aparece recién cuando intentamos precisar qué significa exactamente esa virtud, porque ahí descubrimos que bajo una misma palabra conviven ideas muy distintas.

​La virtud metodológica: El camino de la falibilidad

​La primera de esas ideas es sencilla y, probablemente, indispensable para cualquier investigación seria: reconocer que el conocimiento humano es falible.

​Ningún científico, matemático, historiador o juez responsable supone que sus conclusiones sean inmunes a la revisión. La evidencia puede cambiar, los argumentos pueden mejorar, los errores pueden descubrirse — y en ese sentido, la humildad epistémica no es otra cosa que una disciplina intelectual: ajustar el grado de confianza a la calidad de las razones disponibles.

​Nada especialmente revolucionario. Peirce, Popper y la tradición contemporánea de la epistemología de las virtudes han defendido posiciones semejantes, y todas coinciden en algo simple: la búsqueda de la verdad no exige infalibilidad, exige honestidad intelectual.

​El contrabando: De la actitud a la doctrina

​El problema empieza cuando esa misma palabra deja de describir una actitud metodológica y, sin anunciar el cambio, pasa a convertirse en una teoría sobre el conocimiento.

  • ​Ya no significa simplemente que podamos equivocarnos.
  • ​Empieza a significar que nadie posee un acceso privilegiado a la realidad.
  • ​Después, que todo conocimiento está socialmente situado.
  • ​Más adelante, que las pretensiones de objetividad son sospechosas.
  • ​Y finalmente, que hablar de verdad constituye, en el mejor de los casos, una ingenuidad y, en el peor, una forma de dominación.

​Todo eso puede defenderse filosóficamente — lo que no puede hacerse es presentarlo como si fuera la consecuencia natural de una virtud aparentemente inocente. Ahí, exactamente ahí, aparece el contrabando: la palabra sigue siendo “humildad”, pero el contenido ya no es metodológico. Se transformó en una tesis epistemológica completa que viajó de polizón adentro de una palabra que nadie se animaba a cuestionar.

​La prueba de la autorreferencia

​Existe una forma muy sencilla de detectar ese desplazamiento, y es aplicar la prueba más antigua de la filosofía: la autorreferencia.

​Supongamos que alguien afirma que nadie puede conocer realmente la verdad objetiva. La pregunta inmediata no es si esa frase resulta atractiva o políticamente conveniente, sino algo mucho más simple: ¿con qué grado de certeza se sostiene esa afirmación?

​Si quien la formula responde que también podría estar equivocado, entonces su tesis deja de ser una descripción universal y pasa a convertirse en una hipótesis más dentro del debate. Pero si responde que esa afirmación es verdadera sin excepción, entonces acaba de abandonar la humildad epistémica que pretendía defender. La teoría se vuelve incompatible consigo misma.

​No es una dificultad nueva: el relativismo, el escepticismo radical y muchas formas de constructivismo fuerte tropiezan una y otra vez con el mismo obstáculo, que es pretender formular afirmaciones universales acerca de la imposibilidad de formular afirmaciones universales.

​El escape del relativista sofisticado

​Claro que hay una salida habitual, y conviene nombrarla para que el argumento no quede corto: el relativista sofisticado suele responder que su propia afirmación también es válida solo dentro de su marco, que no pretende hablar desde ningún lugar neutral. Es un movimiento reflexivo que intenta esquivar la autorreferencia en lugar de negarla — pero no resuelve nada, solo lo pospone.

​Si “todo es relativo a un marco” es a su vez relativa a un marco, entonces alguien parado en otro marco puede simplemente no aceptarla, y el relativista ya no tiene con qué argumentar que debería. Pierde, en el intento de escapar, la única cosa que necesitaba conservar: poder decir que su posición es mejor que la contraria. La paradoja no invalida automáticamente estas posiciones, pero obliga a explicarlas con mucho más cuidado del que normalmente se les dedica.

​Falibilidad vs. Incognoscibilidad

​Quizás el problema provenga de una confusión más profunda, y es confundir falibilidad con incognoscibilidad. No son la misma idea.

  • La falibilidad sostiene que cualquier conocimiento humano puede ser corregido.
  • La incognoscibilidad sostiene que el conocimiento objetivo, en sentido fuerte, resulta imposible.

​La distancia entre ambas es enorme, y se ve mejor en ejemplos concretos que en definiciones:

  • ​Un matemático puede revisar una demostración sin concluir que las demostraciones son imposibles.
  • ​Un físico puede recalibrar un instrumento sin abandonar la idea de una realidad independiente del observador.
  • ​Un juez puede corregir una sentencia sin negar que existan hechos.

​En los tres casos, la revisión permanente presupone precisamente aquello que pretende mejorar: que existe una diferencia entre acertar y equivocarse.

​Conclusión: El valor de las virtudes austeras

​Por eso la humildad epistémica solo conserva su fuerza como virtud cuando permanece en el terreno del método. Su función es disciplinar nuestras creencias, no sustituirlas por una metafísica del escepticismo. Una virtud no necesita convertirse en doctrina para ser valiosa — al contrario, las mejores virtudes suelen ser las más austeras. No prometen resolver los grandes problemas filosóficos; apenas nos recuerdan cómo debemos enfrentarlos.

​Quizá esa sea, finalmente, la forma más exigente de humildad intelectual: aceptar que nuestros conocimientos son siempre revisables sin convertir esa revisión permanente en una nueva forma de dogmatismo. Porque incluso la humildad puede dejar de ser humilde cuando empieza a hablar con la seguridad de una verdad absoluta.