Un modelo aparece en el menú de OpenCode con la etiqueta Free. Quince horas después ya no está. Quien lo había configurado para trabajar se encuentra con un mensaje de límite alcanzado y, en el mismo lugar de la pantalla, con la invitación a suscribirse a un plan de diez dólares mensuales. La escena la cuenta uno de los tantos videos que enseñan a “montar un equipo de programación por cero dólares”: un chat avanzado como arquitecto, modelos gratuitos rotando en la terminal como becarios, y una advertencia final, casi al pasar, de no mandar código confidencial.

El consejo es razonable para quien aprende o arma un proyecto personal de fin de semana. La pregunta que ordena este texto es otra: qué pasa cuando el que adopta esa estrategia no es una persona sino una institución. La tesis que sostengo es que lo gratis no es un precio sino un contrato que se paga en otra moneda, y que en una universidad pública esa moneda la ponen personas que nunca firmaron nada. No es una demostración; es una lectura económica de un fenómeno que cambia cada semana, apoyada en lo que hoy se puede verificar.

Lo que el video dice y lo que se puede verificar

La respuesta rápida es que el video tiene razón. Pero acierta en el diagnóstico y se queda corto en el mecanismo.

Los nombres que menciona existen. En el repositorio de OpenCode, un reporte del 25 de octubre de 2026 describe tres días de bloqueo con el mensaje “Free usage limit reached” sobre DeepSeek V4.1 Flash Free, GLM-5.3 Flash Free, Beam Free y el resto de los modelos gratuitos de Zen. No es un caso aislado. Durante la segunda quincena de octubre se acumularon reportes parecidos: un usuario quedó limitado por el día tras cuatro a seis mensajes, otro tras doce pedidos, otro con un límite que no se reinicia desde hace tres días. La respuesta del bot del proyecto es siempre la misma: los límites los fija el servicio Zen, no la aplicación, y las consultas se atienden por correo. Los issues se cierran.

El dato más revelador no está en lo que se dice sino en lo que falta. Ni la documentación de Zen ni la de Go publican el límite de uso de los modelos gratuitos, como observa una guía de Apidog. Los usuarios lo estiman midiendo: en un hilo de marzo alguien calculó entre 300.000 y 500.000 tokens, y otro, con una herramienta de conteo, llegó a unos treinta centavos de dólar diarios. La misma guía registra que los modelos gratuitos terminan antes de lo anunciado: dos versiones gratuitas de GLM figuran hoy como obsoletas y la semana gratis de Ox Alpha duró seis días.

En privacidad, el video acierta a medias. La página oficial de Zen declara que sus proveedores no retienen datos ni los usan para entrenar, con excepciones explícitas: los modelos en período gratuito pueden usar lo recolectado “para mejorar el modelo”. No es letra pequeña escondida; es una lista pública. El problema es otro: la lista rota con los modelos, y la promesa que vale para uno no vale para el siguiente. Lo mismo ocurre con el contexto. El catálogo registra a GLM-5.3 Flash Free con 200.000 tokens de contexto y 32.000 de salida, mientras que otros gratuitos llegaron a un millón. El recorte existe, pero no es una regla; es una variable más que cambia sin aviso.

Dos cifras del video no pude verificarlas: el 75% de modelos que desaparecen y las 3,5 veces más incidencias que las cuentas pagas. Pueden ser ciertas. Hasta donde sé, no hay una fuente pública que las respalde, así que las dejo fuera del argumento.

Precio cero no es costo cero

Nada de esto es nuevo como modelo de negocio. Chris Anderson lo bautizó en Free: The Future of a Radical Price (2009): dar gratis la versión básica a la mayoría para que una minoría pague la completa. En una charla de esa época estimaba que una conversión del 5% ya hacía funcionar el esquema. OpenCode lo ejecuta con precisión de manual. Su plan Go cuesta cinco dólares el primer mes y diez después, y según su fundador superó los 301.000 suscriptores activos. Dax Raad, del mismo equipo, reconoció que con ese plan apenas cubren costos: es una jugada de crecimiento, no de margen.

Lo que el freemium de 2009 no tenía es la tercera parte del triángulo: el laboratorio que pone el modelo. Cuando un modelo anónimo llamado Space Bunny se ofreció gratis durante una semana, acumuló en seis días unos 201.000 usuarios y más de doce millones de sesiones. Ninguna empresa consigue esa evaluación en condiciones reales por otra vía. Dicho de otro modo, el período gratuito no es un regalo al usuario; es un servicio que el usuario le presta al laboratorio, y el modelo desaparece cuando ese servicio ya no hace falta.

Visto así, lo gratis se paga en tres monedas.

Datos. En los modelos que lo declaran, lo que se escribe puede usarse para mejorar el modelo. En los que prometen cero retención, igual se paga con algo: comportamiento de uso, errores, patrones de tarea. Es la moneda más visible y, paradójicamente, la mejor documentada.

Tiempo. Mantener dos o tres modelos en rotación, reconfigurar cuando uno se cae, revisar qué promete el que entra: todo eso es trabajo no pago que el video presenta como técnica. Hay una cuenta que conviene hacer. Si la estimación de los usuarios es correcta, la cuota gratuita ronda los treinta centavos diarios, unos nueve dólares al mes en tokens. El plan Go, desde agosto, mide el uso en dólares y permite hasta sesenta por mes por diez de abono. La diferencia entre gratis y pago no está en la cantidad de tokens sino en la previsibilidad. Lo que se compra es saber que el modelo va a estar mañana.

Dependencia. Un flujo de trabajo armado sobre algo que, por diseño, desaparece, acumula un costo de cambio que nadie anota. El límite aparece en el momento de mayor uso, que es también el de mayor necesidad. No hace falta suponer malicia: es la forma natural de un embudo bien diseñado.

Hay una cuarta dinámica, más especulativa. Desde agosto circula en el repositorio un reporte de que los límites gratuitos se asocian a la IP y se esquivan con una VPN. Mi sospecha es que la ola de restricciones de octubre es, al menos en parte, la respuesta: el recurso común se sobreexplota y el administrador lo cierra para todos. Es una hipótesis razonable, no un resultado establecido.

Hasta acá, el argumento podría leerse como una denuncia contra OpenCode. No lo es. El intercambio es explícito y, para un adulto que elige con información, puede ser un buen negocio. El problema empieza cuando quien elige no es quien paga.

Quien elige no es quien paga

En una facultad, el código rara vez es solo código. Un sistema que gestiona cuentas de estudiantes, un script que cruza legajos con el padrón, una migración de base de datos: todo eso toca datos personales de gente que no estuvo en la decisión. Y un agente en la terminal no ve solo el archivo que se le pide modificar. Lee el directorio, los logs, el archivo de configuración con la cadena de conexión, el volcado de prueba que alguien dejó olvidado. El becario del video tiene acceso a todo el escritorio.