Introducción
La ciencia contemporánea no la hacen individuos aislados sino organizaciones enormes: laboratorios, agencias de financiamiento, universidades, revistas, rankings. Cualquier explicación de lo que mueve al investigador queda incompleta si no explica también cómo la sociedad organiza ese impulso a gran escala.
Este artículo examina tres debates sobre esa organización y luego se asoma a algunas líneas de pensamiento que los llevan más lejos. El primero trata de los grandes relatos de la ciencia: si son propaganda que se aplica desde afuera o algo que el científico incorpora. El segundo trata del poder que gobierna la investigación cuando nadie parece ocupar el lugar del jefe. El tercero trata del exceso: si los riesgos que la tecnociencia crea vienen de una pulsión en los sujetos o de la suma de conductas individuales razonables.
Mito legitimador y motivación vivida
La gran ciencia viene acompañada de grandes relatos. El 26 de junio de 2000, al anunciar el primer borrador del genoma humano, Bill Clinton dijo que se estaba aprendiendo “el lenguaje con el que Dios creó la vida”. La física de partículas habla de los orígenes del universo; la inteligencia artificial, de crear mentes.
Una lectura posible es funcional: esos relatos son el modo en que la sociedad legitima inversiones enormes y consigue que un grupo de personas haga un trabajo agotador. Serían propaganda dirigida al público y a los financiadores, mientras el investigador trabaja por razones más prosaicas.
El problema es que esa lectura supone que el mito queda afuera del sujeto. Dos tradiciones lo ponen en duda.
- Louis Althusser, en “Ideología y aparatos ideológicos de Estado” (1970), sostuvo que la ideología no es un conjunto de ideas falsas que se imponen a un individuo ya formado. Interpela a los individuos y los constituye como sujetos, y existe materialmente en prácticas y rituales. Zwart dedica un capítulo de su libro a la distinción althusseriana entre ciencia e ideología.
- Max Weber, en la conferencia La ciencia como vocación (1917), describió la carrera académica como una apuesta azarosa y aun así habló de la pasión como condición del trabajo científico. Para Weber la vocación es una forma de sentido en un mundo desencantado, no un adorno retórico.
Si estos autores tienen razón, no se puede separar con nitidez el relato social de la motivación individual. El investigador que busca estatus lo busca en un mundo donde el estatus ya viene cargado de los relatos de su campo. La pregunta del debate es dónde termina la propaganda y dónde empieza la identidad.
El Amo oculto
En el Seminario XVII (1969-1970), Lacan describió cuatro “discursos”, cuatro formas de organizar la relación entre saber, poder, sujeto y objeto. Zwart usa uno de ellos, el discurso universitario, para leer la tecnociencia contemporánea.
En ese esquema, quien ocupa el lugar visible del agente no es el Amo sino el saber experto. Los investigadores, incluidos los directores de laboratorio, no mandan en sentido lacaniano: son trabajadores calificados en una posición precaria. Los jóvenes tienen contratos temporales; los jefes dependen del rendimiento del laboratorio. Zwart pone como ejemplo histórico a Pavlov, cuyo trabajo apoyaron Lenin y Trotsky como refuerzo de la ideología soviética.
El Amo no desaparece: queda debajo de la barra, oculto. En la ciencia actual, dice Zwart, funciona como un superégo anónimo que repite “producí más, nunca alcanza”. Lo encarnan los indicadores de rendimiento, los rankings y los buscadores que cuentan publicaciones y citas: un “péndulo digital” que mide sin descanso.
La teoría social llegó a conclusiones parecidas por otro camino.
- La ley de Goodhart, en la formulación popularizada por Marilyn Strathern: cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida.
- La ley de Campbell: cuanto más se usa un indicador cuantitativo para tomar decisiones sociales, más se presta a la corrupción y más distorsiona los procesos que debía medir.
El debate es si las métricas encauzan el trabajo científico, como un mecanismo de coordinación más, o si lo deforman al premiar lo que se puede contar en lugar de lo que importa. Y una pregunta política de fondo: si el poder se ejerce a través de indicadores que nadie firma, ¿a quién se le reclama?
Del Amo oculto al sujeto que se explota a sí mismo
Hay una lectura más radical del Amo oculto: quizá ya ni siquiera está debajo de la barra, sino adentro del investigador.
Michel Foucault, en las lecciones de Nacimiento de la biopolítica (1978-1979), describió cómo el neoliberalismo redefine al individuo como “empresario de sí mismo”: alguien que administra su vida como un capital que debe rendir. Byung-Chul Han radicalizó la idea en La sociedad del cansancio (2010). Según Han, pasamos de una sociedad disciplinaria, donde el poder decía “no debés”, a una sociedad del rendimiento, donde el mandato es “podés”. El sujeto del rendimiento se explota a sí mismo y lo vive como libertad. Por eso, dice Han, el síntoma de la época no es la rebelión sino el agotamiento.
El investigador contemporáneo parece un caso de manual. Nadie le ordena trabajar los domingos; lo hace porque mira su propio índice h, cuenta sus citas y compara su perfil con el de sus colegas. El péndulo digital del que habla Zwart no necesita un vigilante: cada uno lo consulta por su cuenta.
Si esto es correcto, la pregunta del apartado anterior (¿a quién se le reclama?) se vuelve más incómoda. No habría un Amo al que reclamarle, porque el mandato fue incorporado. Me parece que aquí Han y Zwart dicen casi lo mismo con vocabularios distintos, aunque Han es más pesimista: para Zwart el discurso universitario todavía produce saber; para Han, el rendimiento ilimitado termina produciendo sobre todo cansancio.
¿Dónde está el exceso: en la psique o en el sistema?
La tecnociencia produce riesgos que amenazan la supervivencia que decía proteger: armas nucleares, patrones de emisiones que alteran el clima, organismos diseñados para propagarse solos. ¿Cómo se explica esa tendencia?
La lectura psíquica. Zwart lee los gene drives como expresión de la negatividad de la tecnociencia y los vincula con la pulsión de muerte freudiana. El exceso estaría inscrito en el deseo que mueve la investigación: una voluntad de saber que es también voluntad de dominar y eliminar.
La lectura sistémica. Resultados colectivos desastrosos pueden surgir de conductas individuales perfectamente razonables. Hay varios modelos conocidos:
- La tragedia de los comunes (Garrett Hardin, 1968): cada usuario de un recurso compartido tiene incentivos para sobreexplotarlo, aunque todos pierdan al final.
- La carrera armamentista: cada parte se arma porque teme que la otra lo haga, y el resultado es más inseguridad para todos.
- La hipótesis de la Reina Roja (Leigh Van Valen, 1973): en una competencia evolutiva, cada parte tiene que mejorar sin pausa solo para no quedar atrás.
El Proyecto Manhattan sirve como caso de estudio. Sus científicos actuaron por miedo a una bomba nazi, por sentido del deber, por ambición y por curiosidad. El resultado agregado fue un riesgo existencial que ninguno de ellos eligió como tal. Atribuir a cada uno una pulsión autodestructiva sería una falacia de composición: tomar por propiedad de las partes lo que es propiedad del todo.
La lectura sistémica tiene su propio punto débil: puede diluir la responsabilidad individual en la dinámica del conjunto. Y hay un matiz que complica la oposición. Los discursos de Lacan no describen la psique de una persona sino una estructura social. Quizá Zwart no habla de un deseo individual autodestructivo, sino de una forma de organizar el saber que produce ese efecto. Si es así, las dos lecturas están más cerca de lo que parece.
En la frontera del exceso
Tres autores permiten pensar el exceso sin elegir entre la psique y el sistema, o al menos corriendo la línea entre ambos.
La sociedad del riesgo. Ulrich Beck, en La sociedad del riesgo (1986), escrita el año de Chernóbil, sostuvo que la modernidad avanzada produce riesgos como antes producía riqueza. Esos riesgos no son accidentes externos al progreso sino su subproducto, y la ciencia queda en una posición extraña: genera los riesgos y a la vez es la única que puede medirlos. Beck llamó a esto modernización reflexiva: la sociedad se enfrenta a las consecuencias de su propio éxito.
Los accidentes normales. Charles Perrow, en Normal Accidents (1984), analizó desastres como el de Three Mile Island y concluyó que en ciertos sistemas el accidente es inevitable. Cuando un sistema combina complejidad interactiva (partes que se afectan de maneras imprevistas) con acoplamiento estrecho (sin margen entre una falla y la siguiente), los fallos múltiples terminan ocurriendo aunque cada operador haga bien su trabajo. Es quizá la versión más rigurosa de la lectura sistémica: nadie desea el desastre, pero la arquitectura lo produce.
El gasto improductivo. Georges Bataille, en La parte maldita (1949), propuso una “economía general” en la que toda sociedad produce un excedente que no puede absorber del todo y debe gastarlo, sea en fiestas, monumentos y sacrificios, sea en guerras. Bataille no hablaba de ciencia, pero la analogía es tentadora. La gran ciencia (aceleradores, carreras espaciales, programas de genoma) podría leerse como una forma moderna de gasto suntuario, una manera en que las sociedades ricas consumen su excedente con prestigio. Y, siguiendo a Bataille, cuando ese excedente no encuentra un gasto glorioso, tiende a encontrar uno catastrófico.
La lectura de Bataille es la más especulativa de las tres, pero tiene una virtud: ubica el exceso no en el individuo ni en la falla de un sistema, sino en la economía misma de las sociedades que producen más de lo que necesitan. Sospecho que ahí hay un artículo aparte.
Conclusión abierta
Los debates de este artículo convergen en una misma dificultad: separar al individuo de la estructura. El mito no queda claramente afuera del sujeto, el poder de las métricas no tiene un titular visible (y quizá ya habita en el propio investigador) y el exceso puede ser propiedad del sistema o de la economía sin estar en la mente de nadie. Mi impresión es que la organización social de la ciencia no es solo el canal de un impulso individual, sino el molde que le da forma, y que por eso las preguntas sobre el motor del científico y sobre la máquina social terminan siendo la misma pregunta vista desde dos lados.
Preguntas que este borrador deja pendientes:
- ¿Hay casos documentados de investigadores que distingan con claridad su motivación del relato público de su campo?
- ¿Qué reformas de los sistemas de evaluación (por ejemplo, la Declaración de San Francisco, DORA, de 2012) han cambiado conductas y cuáles no?
- ¿Cómo se atribuye responsabilidad cuando el riesgo es un efecto del agregado?
- ¿El discurso universitario de Lacan es una teoría de la psique o de la organización social?
Bibliografía de trabajo
- Althusser, L. (1970). “Idéologie et appareils idéologiques d’État”. La Pensée, 151.
- Bataille, G. (1949). La part maudite. Minuit.
- Beck, U. (1986). Risikogesellschaft. Auf dem Weg in eine andere Moderne. Suhrkamp.
- Campbell, D. T. (1979). “Assessing the impact of planned social change”. Evaluation and Program Planning, 2(1).
- Foucault, M. (2004). Naissance de la biopolitique. Cours au Collège de France 1978-1979. Gallimard/Seuil.
- Goodhart, C. (1975). “Problems of Monetary Management: The U.K. Experience”.
- Han, B.-C. (2010). Müdigkeitsgesellschaft. Matthes & Seitz.
- Hardin, G. (1968). “The Tragedy of the Commons”. Science, 162.
- Lacan, J. (1991). Le Séminaire XVII: L’envers de la psychanalyse (1969-1970). Seuil.
- Perrow, C. (1984). Normal Accidents: Living with High-Risk Technologies. Basic Books.
- Strathern, M. (1997). “‘Improving ratings’: audit in the British University system”. European Review, 5(3).
- Van Valen, L. (1973). “A New Evolutionary Law”. Evolutionary Theory, 1.
- Weber, M. (1919). Wissenschaft als Beruf (conferencia de 1917).
- Zwart, H. (2022). Continental Philosophy of Technoscience. Springer (acceso abierto). doi:10.1007/978-3-030-84570-4