Introducción
Conviene empezar por una aclaración: no soy climatólogo, ni meteorólogo, ni especialista en gestión del riesgo. Este texto no nace de una investigación académica, sino de una preocupación. Nace de charlas con colegas y con gente cercana, y de leer los noticieros durante meses en los que el clima pasó de una helada a un incendio sin escalas.
En esas conversaciones noté algo que me incomodó. Casi todas terminaban en una de dos frases hechas: «fue la naturaleza» o «es el cambio climático». Las dos sonaban a respuesta, pero ninguna explicaba demasiado. Quise saber qué había entre una y otra.
Lo que sigue es el resultado de un poco de investigación: un intento de responder esa pregunta o, por lo menos, de plantearla mejor. Marqué como tales las inferencias y las impresiones propias, y dejé las fuentes al final para quien quiera seguir el rastro. Lo comparto porque sospecho que la incomodidad no es solo mía.
El latigazo
En menos de noventa días, el centro de la Argentina pasó de una ola polar a un comienzo de primavera seco, ventoso y caluroso. A principios de julio, una masa de aire antártico dejó temperaturas entre 6 y 10 °C por debajo de lo normal en el centro y el norte del país, con heladas consecutivas que secaron los pastizales acumulados durante un primer semestre con la menor superficie quemada de los últimos cinco años en la provincia, y los dejaron convertidos en combustible fino. En septiembre y octubre llegaron días de calor fuera de estación, ráfagas secas y focos de incendio en las sierras. (Escribo esto antes de que el Servicio Meteorológico Nacional y la Provincia publiquen sus balances oficiales del período; cuando estén disponibles, actualizaré los números.)
Frente a esa secuencia circulan dos relatos listos para usar. El primero es fatalista: fue un desastre natural, mala suerte, y la respuesta es heroica, con brigadistas y aviones hidrantes. El segundo es militante: fue el cambio climático, y no hay nada más que discutir. Parecen opuestos, pero tienen algo en común. Los dos hablan solo de lo que nadie controla.
Este texto propone otra lectura, apoyada en evidencia y no en consignas. Para eso hacen falta tres palabras que el discurso público usa como sinónimos y no lo son.
Tres palabras: fenómeno, desgaste, desastre
El fenómeno es el evento físico: la masa de aire polar, la sequía, el viento. Es lo que la literatura técnica llama amenaza. Por sí solo no destruye nada. Una helada sobre un campo vacío es un dato meteorológico; sobre una cosecha, una pérdida.
El desgaste es lo que se acumula lentamente entre un fenómeno y el siguiente. Tiene tres capas. La ecológica: cuencas desmontadas, pastizales sin manejo, combustible vegetal que nadie retira. La institucional: leyes sin aplicar, organismos técnicos sin presupuesto, planes que existen solo en el papel. La social: la erosión de la idea de que lo que hago en mi terreno afecta al vecino. El desgaste no aparece en los noticieros porque no tiene fecha ni imagen.
El desastre es el encuentro de ambos: un fenómeno que impacta sobre un territorio desgastado. No es una opinión de este artículo. Es el marco que usan el IPCC y la oficina de Naciones Unidas para la reducción del riesgo: el riesgo resulta de combinar amenaza, exposición y vulnerabilidad. El modelo de «presión y liberación» de Ben Wisner y Piers Blaikie (At Risk, 2004) describe el desgaste como una progresión: causas de fondo que generan presiones dinámicas, que a su vez producen condiciones inseguras. El geógrafo Neil Smith lo resumió en el título de un ensayo de 2006: no existe tal cosa como un desastre natural.
Con estas tres palabras separadas, cada eje del problema se ve mejor. Y cada uno desarma un discurso distinto.
El eje natural: lo que la ciencia puede afirmar y lo que no
El primer discurso que hay que desarmar es el militante, porque se presenta como científico y no siempre lo es. Un evento aislado no prueba el cambio climático. Decir que la ola polar de julio «es» el calentamiento global es tan poco riguroso como decir que la refuta. El clima es estadística; el tiempo de un día es una muestra.
Para entender qué se está corriendo hay que mirar la escala larga. Todo lo que organiza nuestra vida, desde el catastro y el calendario agrícola hasta el presupuesto público, se diseñó durante el Holoceno: los últimos once mil setecientos años, en los que la especie humana inventó la agricultura, las ciudades y el derecho. En una Tierra de 4.500 millones de años, ese período de clima relativamente estable no fue la norma sino una excepción. (La llamo «tregua térmica»: es una metáfora, no un término técnico.)
La Revolución Industrial hizo algo inédito con esa tregua. Desenterró tiempo profundo: carbón, petróleo y gas formados a lo largo de cientos de millones de años a partir de plantas y plancton. Y lo quemó en la escala de los segundos humanos, la mayor parte en apenas las últimas siete décadas. El carbono que la Tierra tardó eras geológicas en guardar volvió a la atmósfera en el lapso de unas pocas generaciones.
Esa es la primera colisión de escalas, y es la que fabrica la amenaza. No anuncia cada ola polar ni cada sequía, pero cambia las probabilidades de todas.
Lo que sí se puede afirmar con evidencia es que la distribución se está corriendo. La temperatura media global superó en septiembre de 2026 en 1,63 °C los niveles preindustriales, y la ciencia de atribución, con grupos como World Weather Attribution, ya puede estimar cuánto más probable o más intenso se volvió un evento puntual. Ese es el lenguaje correcto: probabilidades, no profecías.
El caso de 2026 sirve para mostrar por qué hay que ser preciso. El Niño no estuvo detrás de las lluvias del verano: a comienzos de año todavía había condiciones asociadas a La Niña, y El Niño se declaró recién en junio. Lo que los modelos esperaban para esta primavera era, de hecho, riesgo de lluvias extraordinarias e inundaciones, sobre todo en el Litoral. Una primavera seca en el centro, si se confirma, va contra esa señal. La naturaleza no siguió el guion, y eso es exactamente lo que hace inútil gestionar con guiones.
Una hipótesis que circula para explicar estos bloqueos atmosféricos es que el calentamiento debilita la corriente en chorro. Conviene presentarla como lo que es: una hipótesis formulada para el hemisferio norte y todavía discutida. En el hemisferio sur pesan más otros factores, como el Modo Anular del Sur. Afirmarla como certeza le regala al negacionista el error que necesita.
El eje natural, entonces, deja una conclusión incómoda para los dos bandos. El fenómeno extremo es cada vez más probable, pero ninguno es predecible con la anticipación de un calendario político. Lo único que se puede hacer con un fenómeno así es estar preparado. Y eso ya no es física: es gestión.
El eje científico: el sensor apagado
Entre el fenómeno y el territorio hay una sola mediación posible: el conocimiento técnico que permite anticipar. El Servicio Meteorológico Nacional pronostica la ola polar con días de margen. El INTA mide humedad de suelo y carga de combustible vegetal. La CONAE detecta focos y mapea áreas quemadas con satélites. El CONICET produce los modelos que conectan todo eso. Ninguno de estos organismos evita el fenómeno; todos reducen el desastre.
Acá el argumento cambia de terreno y se vuelve difícil de rebatir desde cualquier ideología. Supongamos que alguien duda del calentamiento global. Aun así, la helada llega, la sequía llega, el viento llega. Lo que cambia es si llegan con aviso o a ciegas. Desfinanciar el sistema científico no es una toma de posición sobre el clima: es apagar el sensor. (No reconstruí acá la evolución presupuestaria de estos organismos; el argumento vale para cualquier recorte que afecte su capacidad de medir y alertar.)
La analogía es de ingeniería, no de militancia. En un sistema crítico, el monitoreo es lo último que se recorta, porque su costo es pequeño y visible y su ausencia es enorme e invisible hasta el momento del colapso. Cualquier administrador de infraestructura lo sabe: no se apaga el sistema de alertas para ahorrar energía. (Esta es una inferencia del autor, no un dato: la relación costo-beneficio de los sistemas de alerta temprana está estudiada, pero no hay una cifra local para 2026.)
El eje científico funciona como bisagra. Le dice al fatalista que el evento era previsible, y le dice al militante que lo que falta no es más conciencia, sino más instrumentos.
El eje social: el desgaste con nombre propio
Acá se desarma el discurso fatalista. Si el desastre fuera natural, no tendría autores. Pero el desgaste se construye con decisiones concretas, fechadas y firmadas.
La primera capa es territorial. Se habilitan loteos en la interfase entre el monte y la ciudad, en laderas sin vías de evacuación ni reservas de agua. Se desmontan cuencas altas que regulan el escurrimiento. Cada una de esas habilitaciones fue un acto administrativo con un expediente. El caso de Candonga, en Sierras Chicas, junto al río Chavascate, lo muestra con todas las letras. En 2010, la Secretaría de Ambiente provincial autorizó un emprendimiento inmobiliario sobre bosque nativo en zona roja, la categoría de máxima protección. Los vecinos litigaron más de una década. En 2021, el Tribunal Superior de Justicia les dio la razón y ordenó frenar las obras. En 2023, el exsecretario que firmó la autorización fue condenado por ese acto. En 2024, la Cámara Civil anuló la autorización por «ilegalidad manifiesta». Mientras tanto, las obras habían seguido avanzando pese a una orden judicial de suspensión vigente desde 2019. Algo parecido ocurrió en San Antonio de Arredondo, donde un amparo de vecinos frenó un desmonte para loteo sobre la cuenca del río San Antonio. El desgaste, en estos casos, no es una abstracción: tiene firma, número de resolución y sentencia.
La segunda capa es normativa, y es la más reveladora. La Argentina tiene el marco legal: la Ley 27.287 creó en 2016 el Sistema Nacional para la Gestión Integral del Riesgo, y la Ley de Manejo del Fuego 26.815 fue reformada en 2020 mediante la Ley 27.604, que prohíbe cambiar el uso del suelo de las zonas quemadas y las blinda contra la especulación inmobiliaria. Esa reforma ataca el incentivo perverso de quemar para después lotear o cultivar. El problema no es la falta de leyes. Es la distancia entre la ley y su ejecución.
La tercera capa es cultural. La lógica de «en mi terreno hago lo que quiero» se entiende mejor en términos económicos que morales. Quien quema restos de poda un día de alerta por viento retiene el beneficio y traslada el costo: la vivienda ajena, la cuenca de agua, el sistema de bomberos. Es una externalidad negativa de manual. (Que esta conducta haya aumentado después de la pandemia es una impresión del autor, no un dato medido; la sostengo como hipótesis.) También conviene ser justos con la cronología: la ignición del fuego suele ser humana, pero es solo el disparador. El combustible acumulado, la falta de cortafuegos y la ocupación del monte prepararon el incendio meses antes.
El eje social le quita al desastre su coartada. Lo natural es la amenaza; lo demás tiene responsables.
Por qué nadie habla del desgaste
Los dos discursos de agenda fallan por la misma razón. El fatalista habla del fenómeno porque la mala suerte no tiene responsables. El militante habla del fenómeno porque el clima global es un enemigo cómodo: lejano, abstracto, imputable a todos y por lo tanto a nadie en particular. Ninguno de los dos quiere hablar del desgaste, porque el desgaste tiene nombre, fecha y expediente.
Esa es, completa, la colisión de escalas del título. En el tiempo geológico se fabricó la amenaza: millones de años de carbono liberados en pocas generaciones. En el tiempo administrativo se fabricó el desgaste: años de decisiones pequeñas que nadie mira. En el tiempo de la noticia ocurre el desastre, y es el único de los tres que vemos.
Gobernar el riesgo es trabajar en la escala del medio, la única que está a nuestro alcance. No podemos controlar el fenómeno. Podemos medirlo, anticiparlo y dejar de fabricar el territorio donde se convierte en catástrofe. Lo demás es discurso.
Fuentes
- Elonce: la ola polar de julio de 2026
- Billiken: evolución de El Niño 2026
- Cadena 3: pronóstico de lluvias para la primavera 2026/27
- EcoAvant: Copernicus, septiembre de 2026
- Cadena 3: superficie quemada en Córdoba, primer semestre de 2026
- IPCC AR6, Grupo II, glosario
- World Weather Attribution
- Ley 27.287 (Infoleg)
- Hoy Día Córdoba: el TSJ frena las obras en Candonga (2021)
- Hoy Día Córdoba: la Cámara anula la autorización de Villa Candonga (2024)
- La Voz: nulidad por ilegalidad manifiesta y condena del exsecretario de Ambiente
- Hoy Día Córdoba: incumplimiento de la orden de suspensión de 2019
- ADARSA: resolución del amparo contra Gama S.A. en San Antonio de Arredondo
- Wisner, B., Blaikie, P., Cannon, T. y Davis, I. (2004). At Risk: Natural Hazards, People’s Vulnerability and Disasters. Routledge.
- Smith, N. (2006). «There’s No Such Thing as a Natural Disaster». Social Science Research Council.