Una frase que viaja sola
Hay pensamientos que circulan como monedas gastadas: pasan de mano en mano tantas veces que ya nadie mira el cuño. La llamada “teoría de la estupidez” de Dietrich Bonhoeffer es una de ellas. Se la encuentra en videos animados, en hilos de redes sociales, en columnas de opinión de medio mundo y en charlas motivacionales, casi siempre con la misma escenografía: un pastor luterano encerrado en una celda nazi, condenado a muerte, que en sus últimos días descubre que el peor enemigo de la humanidad no es la maldad sino la estupidez. La frase se cita, se comparte y se aplaude. Lo que casi nunca se hace es leer el texto del que sale.
El problema no es menor, y no es solo filológico. El pensamiento viral tiene una economía propia: necesita una frase corta que pueda viajar sin contexto, una biografía dramática que la autorice y una moraleja que el lector pueda aplicar de inmediato, preferentemente a otros. La celda cumple la segunda función: convierte la frase en testamento, y un testamento no se discute. La moraleja cumple la tercera: la estupidez, se nos dice, se cura con coraje individual, con la decisión de pensar por uno mismo aunque el grupo no aplauda. Es un mensaje limpio, emotivo y perfectamente compatible con el formato de sesenta segundos.
Los rastros de esta versión están a la vista. Open Culture, uno de los sitios de divulgación más leídos en inglés, presenta el texto como una reflexión que Bonhoeffer siguió elaborando incluso estando preso, y remite al video animado de Sprouts, cuyos propios autores reconocen haber editado ligeramente el texto de Bonhoeffer para adaptarlo. A partir de ahí la cadena se multiplica: resúmenes que lo sitúan en la cárcel de Tegel en 1943, citas que pierden palabras en el camino, remedios que el autor nunca propuso. Cada copia es un poco más nítida y un poco menos verdadera.
La ironía es difícil de exagerar. El texto de Bonhoeffer describe, con una precisión que todavía incomoda, cómo las personas dejan de hablar por sí mismas y pasan a hablar con consignas que se han apoderado de ellas. Y ese mismo texto circula hoy convertido en consigna, compartido muchas veces para señalar la estupidez ajena con la satisfacción de quien se sabe del lado lúcido. Es decir: el diagnóstico se usa para exhibir el síntoma.
Este artículo hace lo contrario de lo que hace la versión viral: vuelve al texto. Y el texto, leído entero y en su contexto, resulta bastante más incómodo de lo que su circulación sugiere, al menos en tres puntos. Primero, no fue escrito en una celda, y eso cambia su sentido. Segundo, su tesis central no es psicológica sino sociológica: no dice que haya personas estúpidas, dice que el poder fabrica estupidez. Tercero, su remedio no es el coraje individual sino una liberación que, en la mayoría de los casos, solo puede llegar desde afuera, y que Bonhoeffer funda en algo que la versión viral prefiere omitir. A esto se suma una advertencia final contra el desprecio por los demás que buena parte de quienes lo citan violan en el mismo acto de citarlo.
Las traducciones del alemán que siguen son propias, hechas sobre la edición de Eberhard Bethge de Widerstand und Ergebung (Múnich, Chr. Kaiser, 1951). En castellano, el texto puede leerse en Resistencia y sumisión (Salamanca, Sígueme).
El mito de la celda
El pasaje sobre la estupidez, titulado en el original Von der Dummheit, no es un texto suelto. Es una de las diecisiete secciones de Nach zehn Jahren (“Después de diez años”), que lleva como subtítulo “Rendición de cuentas en el umbral del año 1943”. Una nota de la edición alemana precisa su destino: Bonhoeffer lo entregó en la Navidad de 1942 a tres personas, su cuñado Hans von Dohnanyi, el general Hans Oster y su amigo Eberhard Bethge. Los diez años del título son los transcurridos desde enero de 1933, cuando Hitler llegó a la cancillería.
Bonhoeffer estaba libre cuando lo escribió. Lo arrestaron el 5 de abril de 1943, junto con Dohnanyi, más de tres meses después de haberlo entregado. Pasó un año y medio en la prisión militar de Tegel, donde escribió las cartas que después formarían el resto de Resistencia y sumisión. Tras el fracaso del atentado del 20 de julio de 1944 y el hallazgo de documentos que comprometían al círculo de conspiradores, su situación empeoró: lo trasladaron a la prisión de la Gestapo, luego a Buchenwald, y lo ahorcaron en Flossenbürg el 9 de abril de 1945. El manuscrito de Nach zehn Jahren sobrevivió a la guerra escondido bajo las tejas de la casa de sus padres en Berlín. La confusión tiene un origen editorial comprensible: Bethge lo publicó en 1951 como pórtico del libro de cartas de la cárcel, y desde entonces se lo lee como si fuera una de ellas. Pero no lo es.