Si alguna vez sentiste que trabajás muchísimo y no avanzás nada, tengo buenas noticias: los griegos inventaron tu trabajo hace dos mil quinientos años.1

Sísifo era rey de Corinto, muy inteligente y con un talento que a los dioses no les hacía ninguna gracia: era extraordinariamente bueno engañándolos. Un día vio cómo Zeus secuestraba a Egina, la hija del dios río Asopo, y decidió vender la información: le contó a Asopo quién se la había llevado a cambio de que le construyera una fuente de agua en su ciudad. Zeus se enteró y, como suele pasar cuando un mortal delata a un dios, decidió castigarlo. Mandó a Tánatos, la personificación de la muerte, a llevárselo al Inframundo. Pero Sísifo logró engañarlo y encadenarlo, y durante un tiempo nadie pudo morir. Se acumularon los enfermos, los heridos agonizantes, los viejos seniles. La muerte, básicamente, estaba de paro. Los dioses tuvieron que intervenir, liberaron a Tánatos y Sísifo finalmente murió.

Pero antes de irse dejó una última instrucción: le pidió a su esposa que no le hiciera ningún ritual funerario. Al llegar al Inframundo se quejó ante Hades de que su mujer no le había hecho un funeral y consiguió, con pura labia, que lo dejara volver al mundo de los vivos para castigarla. Hades, que era todo un criptobro, le dijo que sí. Sísifo, por supuesto, mandó todo a la mierda y no volvió nunca. Vivió muchos años más, hasta que los dioses se cansaron y lo condenaron a empujar una piedra enorme hasta la cima de una montaña. Cada vez que llegaba, la piedra volvía a caer, y así por el resto de la eternidad y sin feriados.

Lo interesante es que Sísifo sabe que su esfuerzo es inútil. No espera que algún día la piedra quede arriba ni cree que, con un poco más de empeño, lo va a lograr. Sabe que va a fracasar, y empuja igual.

Nosotros, en cambio, le pusimos nombres mucho más lindos a nuestra piedra: metas, éxito, progreso, sueños. Pero sigue siendo una piedra que empujamos para llegar a alguna parte: el título, el trabajo, la plata, el reconocimiento, la pareja, la casa. Como si en algún momento pudiéramos alcanzar una cima donde por fin todo quedara resuelto. Pero la piedra va a caer, siempre, no importa cuánto hayas avanzado. Vas a volver a tener problemas, vas a fracasar y vas a empezar de nuevo. Conseguís el trabajo y tu jefe resulta ser un sorete; conseguís la plata y tu vieja se cae por la escalera; conseguís pareja y te engaña. No existe una cima donde la vida quede resuelta. Es un juego de pantallas eternas en el que rescatar a la princesa es, en realidad, una forma caballeresca de decir que te moriste.

Amar no evita perder y vivir no evita morir. Y si creemos que algo es inútil porque termina, estamos diciendo que vivir es inútil por definición. El problema no es que la piedra vuelva a caer; es que necesitamos que se quede arriba para sentir que valió la pena empujarla. Quizás estemos usando una definición equivocada de inutilidad.

Albert Camus, en El mito de Sísifo, propone que hay que imaginarse a Sísifo feliz. No porque conserve la esperanza de que la piedra no caiga: su destino es exactamente el mismo. Lo que cambia es su relación con él. Al aceptar su situación con plena conciencia, puede rebelarse contra lo absurdo sin pretender resolverlo. Quizás no necesitamos encontrarle un sentido a todo lo que hacemos para que la vida tenga sentido. Quizás no necesitamos que la piedra se quede arriba. Tal vez alcance con saber que va a caer y empujarla igual, aunque eso signifique que nunca llegue ese momento mágico en el que todo quede resuelto.

Quizás el problema no sea que la piedra siempre vuelva a caer, sino que nos pasamos la vida esperando que algún día deje de hacerlo. Y entonces la pregunta ya no es por qué Sísifo sigue empujando, sino por qué creemos que algo tiene que durar para siempre para que haya valido la pena.