Introducción

Una investigadora pasa catorce horas diarias en un laboratorio de genómica. Gana menos que en la industria, tiene un contrato temporal y sabe que la mayoría de sus experimentos fracasarán. La pregunta de este artículo es simple de formular y difícil de responder: ¿qué la mueve?

Hay dos grandes familias de respuesta. La primera dice que la mueve lo mismo que a cualquier primate social: recursos, seguridad y, sobre todo, reconocimiento de sus pares, canalizados por instituciones que convierten esa búsqueda en trabajo especializado. La segunda, que viene del psicoanálisis y de la filosofía continental de la tecnociencia, dice que eso no alcanza: entre la necesidad biológica y la institución hay un deseo que el lenguaje introduce y que ninguna recompensa satisface.

El artículo no toma partido de entrada. Expone las dos explicaciones, examina el rasgo que parece separarlas (la insaciabilidad) y se pregunta con qué criterio se podría decidir entre ellas, si es que hace falta decidir.

Primera respuesta: necesidad y reconocimiento

La explicación más económica parte de la biología. El científico es un animal social que busca recursos, seguridad y posición en su grupo. Lo que cambia respecto de sus antepasados no es el impulso, sino el canal. Dicho de otro modo: un cerebro formado en el Pleistoceno, afinado para el riesgo inmediato, la escasez y la vida en grupos pequeños, trabaja hoy dentro de una maquinaria institucional de escala planetaria. Es razonable sospechar que buena parte de lo que parece extraño en la vida de laboratorio (la ansiedad por el ranking, la obsesión por la prioridad) no viene de una motivación nueva, sino de ese desajuste entre un cerebro antiguo y un entorno desmedido.

La sociología de la ciencia describió ese canal con precisión.

  • Robert K. Merton mostró que la moneda de la ciencia es el reconocimiento. En “Priorities in Scientific Discovery” (1957) analizó las disputas de prioridad, desde Newton y Leibniz en adelante, como síntoma de un sistema que premia ser el primero. En “The Matthew Effect in Science” (1968) describió cómo el reconocimiento se acumula en quien ya lo tiene.
  • Pierre Bourdieu pensó la ciencia como un campo de luchas por un capital simbólico específico: la autoridad científica. Los investigadores compiten, pero solo pueden ganar con las armas que el campo reconoce como válidas.
  • David Hull, en Science as a Process (1988), propuso un modelo selectivo. Los científicos buscan crédito, y para obtenerlo necesitan que otros usen su trabajo. Esa búsqueda interesada, sometida al control mutuo, produce un resultado colectivo que funciona: los vicios privados generan una virtud pública.

En este marco, el “exceso” del científico (la obsesión, las horas, la competencia feroz) no requiere una explicación especial. Es lo que cabe esperar cuando un impulso de estatus se encuentra con un sistema que distribuye estatus de forma escasa y competitiva.

Segunda respuesta: el deseo

Hub Zwart, en Continental Philosophy of Technoscience (2022), parte de un diagnóstico parecido sobre las condiciones de trabajo. Describe al investigador contemporáneo como un trabajador precario, “impulsado por la lucha por la supervivencia”, vigilado por un régimen de indicadores que nunca está satisfecho. Hasta ahí, la primera respuesta no tendría nada que objetar.

La diferencia está en lo que Zwart pone debajo. Siguiendo a Hegel, a Bachelard y sobre todo a Lacan, habla de un cupido sciendi, un deseo de saber. Para Hegel, la ciencia es una inquietud que “arruina su propia satisfacción” y no se detiene en ninguna estación intermedia del conocimiento. Para Lacan, el deseo no es una necesidad más intensa: es lo que queda cuando la necesidad pasa por el lenguaje.

La distinción es central. La necesidad tiene un objeto y se satisface: el hambre se calma comiendo. El deseo se organiza alrededor de una falta y de un objeto que siempre se escapa, lo que Lacan llama objeto a. Por eso no se apaga con el logro. Cada descubrimiento abre la pregunta siguiente, y la tecnociencia avanza hacia lo que Zwart llama “lo real”: regiones de la materia y de la vida que están fuera del alcance de la experiencia humana y solo se alcanzan con aparatos.

Se puede ir un paso más allá de la letra de Zwart, aunque creo que en la dirección que su libro sugiere. Cada avance técnico no solo deja abierta la pregunta siguiente: también deja un resto que el instrumento o el lenguaje no terminan de capturar. El objeto se escapa no porque esté lejos, sino porque cada vez que se lo alcanza aparece un residuo nuevo. Si esto es así, la insatisfacción no sería un defecto psicológico del investigador, sino un efecto de la relación misma entre el saber y su objeto.

Zwart lleva el argumento más lejos. Al analizar los gene drives diseñados para eliminar poblaciones de mosquitos, lee en la tecnociencia una negatividad propia, emparentada con la pulsión de muerte: una voluntad de descifrar que es también una voluntad de eliminar.

La insaciabilidad: ¿estructural o biológica?

El rasgo que parece separar las dos respuestas es la insaciabilidad. Si la ciencia nunca se detiene, ¿no prueba eso que hay algo más que necesidad? El argumento es fuerte solo si la biología predice saciedad. Y hay buenas razones para pensar que no la predice.

  • El estatus es posicional. Se mide en relación con los demás, así que no existe un nivel de estatus que sea “suficiente”: siempre hay alguien más arriba o alguien que viene detrás.
  • La adaptación hedónica. Cada logro se convierte pronto en la nueva línea de base. Lo que ayer era un éxito hoy es lo esperado.
  • El sistema de recompensa responde a la sorpresa. Los trabajos de Wolfram Schultz sobre las neuronas dopaminérgicas mostraron que la señal se dispara ante la recompensa inesperada y se atenúa ante la ya prevista. Un cerebro así empuja hacia lo nuevo, no hacia el reposo.

Si esto es correcto, la insaciabilidad deja de ser un rasgo exclusivo del deseo lacaniano. Las dos teorías la explican, cada una a su manera. El debate se desplaza: ya no es si hay algo insaciable, sino si las dos descripciones hablan de lo mismo en distintos niveles o de dos cosas diferentes.

A favor de la lectura estructural queda un punto. Las explicaciones biológicas dicen por qué se busca, pero no por qué se busca esto. ¿Por qué el impulso de estatus de una persona se fija en descifrar un genoma y no en acumular ganado? La primera respuesta dice que la sociedad lo canaliza. La segunda dice que el objeto queda cargado de un valor que no se reduce a la recompensa que trae.

En la frontera: un deseo con base neuronal

Hay una zona de investigación donde la oposición entre biología y psicoanálisis empieza a borrarse, y vale la pena asomarse aunque sus resultados sean todavía discutidos.

Buscar sin objeto. Jaak Panksepp, en Affective Neuroscience (1998), describió un sistema cerebral que llamó SEEKING, apoyado en las vías dopaminérgicas mesolímbicas. Lo notable es que ese sistema no está atado a una recompensa concreta: genera un estado general de expectativa, exploración y anticipación que luego se engancha a objetos distintos. Se parece mucho a un empuje que precede a su objeto, que es casi la definición freudiana de pulsión.

Querer sin gustar. Kent Berridge y Terry Robinson (1998) separaron dos procesos que el sentido común confunde: el “querer” (la saliencia de incentivo, mediada por dopamina) y el “gustar” (el placer efectivo, que depende de otros circuitos). Pueden disociarse: se puede querer cada vez más algo que cada vez gusta menos. Tengo la impresión de que esto es lo más cerca que la neurociencia estuvo de describir un deseo que no se satisface con lo que obtiene.

La mente que predice. Karl Friston propuso el principio de energía libre (2010): el cerebro funciona minimizando el error de predicción sobre su entorno. Una consecuencia curiosa del modelo es que un organismo así no solo evita la sorpresa: también busca información para reducir la incertidumbre futura. La curiosidad aparece como necesidad estructural, no como lujo. George Loewenstein (1994) ya había descrito la curiosidad como la respuesta a una “brecha de información” percibida, algo que se parece sospechosamente a una falta.

El puente explícito. Mark Solms, en The Hidden Spring (2021), intentó unir estas piezas: releyó la teoría freudiana de la pulsión con los sistemas afectivos de Panksepp y el principio de Friston. Es un proyecto controvertido, pero muestra que la pregunta “¿necesidad o deseo?” puede estar mal planteada.

Si esta línea de trabajo se consolida, el resultado sería paradójico para ambos lados. La biología tendría que aceptar que el cerebro tiene un empuje que excede cualquier necesidad concreta. Y el psicoanálisis tendría que aceptar que la falta tiene una base material que se puede estudiar con neuronas y no solo con significantes. Lacan, que insistía en que el deseo es efecto del lenguaje, probablemente no estaría cómodo con ninguna de las dos concesiones.

¿Cómo elegir entre marcos?

Cuando dos teorías explican el mismo fenómeno, hacen falta criterios para elegir. Cinco candidatos aparecen en este debate, y ninguno decide por sí solo.

La parsimonia. La navaja de Ockham pide no multiplicar entidades sin necesidad. Parece favorecer a la primera respuesta, que no necesita postular un deseo inconsciente. Pero la parsimonia solo desempata entre teorías que explican lo mismo. Si el deseo explica algo que el reconocimiento no explica, no es un exceso sino un costo justificado.

La falsabilidad. Popper usó el psicoanálisis como ejemplo de teoría que puede acomodar cualquier observación y por eso no es científica. La objeción también alcanza a la otra parte. En “The Spandrels of San Marco” (1979), Gould y Lewontin criticaron el adaptacionismo que inventa una historia funcional para cada rasgo. Decir que “todo exceso se explica por recompensa, competencia o adaptación” tiene el mismo problema si no se indica qué caso lo refutaría.

Los niveles de explicación. Niko Tinbergen (1963) distinguió cuatro preguntas sobre cualquier conducta: su mecanismo, su desarrollo, su función y su historia evolutiva. Una explicación evolutiva y una psicológica pueden no competir, porque responden preguntas distintas. Si el deseo lacaniano describe cómo el lenguaje organiza impulsos que la evolución explica en otro nivel, la rivalidad se disuelve, o al menos cambia de forma.

La sustituibilidad del objeto. Este criterio quizá sea el más revelador, porque obliga a cada teoría a decir algo distinto. Para la biología y la sociología del reconocimiento, el objeto de investigación es, en principio, sustituible: si la institución premiara igual estudiar filatelia que astronomía, el impulso se desplazaría hacia allí. El objeto sería un pretexto para el crédito. Para el psicoanálisis, en cambio, el objeto no es neutro. Descifrar el “código” de la vida o fabricar una mente sintética son objetos cargados de significado cultural, y el investigador queda capturado por esa carga. La prueba sería observar qué pasa cuando cambian los incentivos: si los investigadores migran de tema con facilidad, gana la primera lectura; si resisten y pagan costos por quedarse con su objeto, la segunda tiene algo que decir.

Los casos sin incentivo. Un experimento crucial posible son las personas que siguen investigando contra todas las recompensas. Grigori Perelman demostró la conjetura de Poincaré, rechazó la medalla Fields en 2006 y el premio de un millón de dólares del Instituto Clay en 2010. Si la teoría del reconocimiento solo puede explicar casos así inventando un “estatus interno” a medida, pierde capacidad explicativa. Si los explica sin forzar, gana. La evidencia contraria también existe: la producción científica responde de manera muy sensible a la estructura de incentivos, como muestran los efectos del publish or perish.

Conclusión abierta

El debate entre necesidad y deseo suele plantearse como un duelo entre ciencia y especulación. Visto de cerca, es más interesante. Las dos explicaciones coinciden en las condiciones de trabajo del investigador y las dos explican la insaciabilidad. Lo que las separa es una pregunta más fina: si la forma que toma el impulso científico se agota en sus recompensas o si conserva algo que ninguna recompensa explica.

Mi sospecha es que la disputa es menos entre dos teorías que entre dos escalas de observación. La biología y la sociología miran poblaciones de investigadores y encuentran regularidades de incentivo. El psicoanálisis mira la relación de un sujeto con su objeto y encuentra una fijación que los promedios borran. Puede que las dos tengan razón en su escala, y que el error esté en pedirle a cada una que explique la escala de la otra.

Preguntas que este borrador deja pendientes:

  • ¿Qué observación concreta refutaría cada una de las dos teorías?
  • ¿Alcanza la idea de “canalización social” para explicar la elección del objeto de investigación?
  • ¿Son los casos sin incentivo excepciones raras o un patrón que la sociología de la ciencia subestima?
  • ¿Se puede leer a Lacan en el nivel de mecanismo de Tinbergen sin traicionarlo?

Bibliografía de trabajo

  • Berridge, K. C. y Robinson, T. E. (1998). “What is the role of dopamine in reward: hedonic impact, reward learning, or incentive salience?”. Brain Research Reviews, 28(3), 309-369.
  • Bourdieu, P. (1976). “Le champ scientifique”. Actes de la recherche en sciences sociales, 2(2-3), 88-104.
  • Friston, K. (2010). “The free-energy principle: a unified brain theory?”. Nature Reviews Neuroscience, 11, 127-138.
  • Gould, S. J. y Lewontin, R. (1979). “The Spandrels of San Marco and the Panglossian Paradigm: A Critique of the Adaptationist Programme”. Proceedings of the Royal Society of London. Series B, 205(1161), 581-598.
  • Hull, D. (1988). Science as a Process: An Evolutionary Account of the Social and Conceptual Development of Science. University of Chicago Press.
  • Loewenstein, G. (1994). “The psychology of curiosity: A review and reinterpretation”. Psychological Bulletin, 116(1), 75-98.
  • Merton, R. K. (1957). “Priorities in Scientific Discovery: A Chapter in the Sociology of Science”. American Sociological Review, 22(6), 635-659.
  • Merton, R. K. (1968). “The Matthew Effect in Science”. Science, 159(3810), 56-63.
  • Panksepp, J. (1998). Affective Neuroscience: The Foundations of Human and Animal Emotions. Oxford University Press.
  • Popper, K. (1963). Conjectures and Refutations. Routledge.
  • Schultz, W., Dayan, P. y Montague, P. R. (1997). “A Neural Substrate of Prediction and Reward”. Science, 275(5306), 1593-1599.
  • Solms, M. (2021). The Hidden Spring: A Journey to the Source of Consciousness. Profile Books.
  • Tinbergen, N. (1963). “On aims and methods of Ethology”. Zeitschrift für Tierpsychologie, 20(4), 410-433.
  • Zwart, H. (2022). Continental Philosophy of Technoscience. Springer (acceso abierto). doi:10.1007/978-3-030-84570-4